Eugenia Sacerdote de Lustig

1910 - 2011

Medicina

Eugenia Sacerdote de Lustig

1910 - 2011

Medicina

Científica exiliada, mujer salvadora

Con los dedos entrecruzados, la mujer reposa sentada junto a una ventana. Al otro lado, la lluvia golpetea sin cesar contra el cristal y el barrio de Belgrano en Buenos Aires brilla contra el espejo de su suelo mojado.

La mujer ha vivido casi 100 inviernos. Una tercera parte de ellos fueron en otro lugar, en otro hemisferio que parece tan alejado ahora como los recuerdos que cada día se esfuerza por contar a los suyos antes de que sea demasiado tarde. Sobre la mesa, una grabadora reproduce una voz que habla en italiano: una biblioteca para ciegos de su país natal le envía de vez en cuando algunos audiolibros en cassette. Un tumor ocular se llevó su visión, pero Eugenia no se rinde. Nunca lo hizo. Cuando descubrió que en Argentina solo podía tener acceso a 600 libros habló con unos amigos italianos: allí tienen más de 10 000 volúmenes.

Aunque el relato que la acompaña en el salón es interesante, es una de esas tardes en las que su mente va hacia atrás, a aquellos fotogramas que no pierden brillo y que se mantienen intactos en el baúl de su memoria.

Nació en Turín, Italia, a más de 11 000 kilómetros del Buenos Aires sobre el que la lluvia descarga ahora sin piedad. Era 1910. Aún recordaba el olor de su casa, las manos de su madre. Eugenia significa «bien nacida» en griego, decía su padre. Griego, latín, sus clases particulares junto a su prima Rita Levi-Montalcini. Rita, que ganó el Premio Nobel en 1986. Pero Eugenia no entiende de honores, no le importan. Piensa de nuevo en las clases en el Liceo Femenino donde aprendía idiomas, Historia y Literatura. En el día que mintió a su pobre madre cuando decidió estudiar Medicina, diciéndole que estudiaría Matemáticas. Pobre madre, que la crió a ella y sus dos hermanos mayores después de que su padre muriera tan pronto, que reía porque las manos de Eugenia no eran para hacer ajuares de bebé sino para algo distinto. Lo entendió el día de los huesos, el día que los llevó a casa, y cuando madre los descubrió no quedó sino explicarle la verdad. Se enfadó y le costó aceptarlo pero aquel día fue el primero de tantos que vivió de verdad.

Las clases, pensaba. Si Rita y ella querían estudiar Medicina debían estudiar Química, Física, Filosofía, Matemáticas, Latín, Griego… aún ahora no acertaban a entender cómo aquellas dos muchachas convencieron a un duro profesor para que les introdujera en tan importantes materias. Doce horas al día, todo un año, sin descansar un solo día. Hasta que consiguieron ser aceptadas en la Universidad.

Rita y ella eran dos de las cuatro mujeres que estudiaban Medicina entre quinientos hombres. Recordaba los empujones, los tirones de pelo, las bromas pesadas, los días en que tuvieron que volver a casa sin abrigo o sombrero porque se los robaban. El día que un compañero de universidad coló un trozo de cadáver en el bolsillo de su chaqueta. Los pasillos que formaban a su paso para empujarlas. La única forma de entrar a la Universidad cada día era por la puerta trasera que un benévolo bedel (previo pago para despertar su espíritu samaritano) les abría minutos antes del inicio de las clases: de esa forma cuando llegaba el profesor ya estaban sentadas en sus lugares y evitaban las chanzas de sus compañeros.

Camisa oscura con distintivos fascistas el día que tuvo que defender su tesis doctoral. Los nervios de aquel día, sus primeras prácticas en un pequeño ambulatorio italiano en el que muchos hombres se negaban a ser atendidos por una mujer que no fuera enfermera. 

Y en 1938 un sello sobre un papel que decía que ella era judía. Que su marido también lo era. El estúpido de Mussolini seguía haciendo propaganda con la idea de que las mujeres solo servían para tener muchos hijos y sus leyes raciales habían hecho que despidieran a su marido, el ingeniero Maurizio Lustig, de su trabajo en Pirelli. Su hija mayor Livia solo tenía un año y Eugenia miraba sus manitas, escuchaba sus gorjeos y pensaba en qué sería de ellos. Italia no los quería: no podían ejercer sus profesiones. Los judíos ya no eran italianos y se prohibía su entrada en ciertos restaurantes, igualados con los perros. Pero alguien en Pirelli se puso en contacto con Maurizio, proponiéndole formar parte de un nuevo proyecto en el Río de la Plata, Argentina: una fundidora de cobre. 

Partieron en uno de los últimos barcos que salieron de Nápoles antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial: el barco se llamaba Oceanía. El proyecto de la fundidora se detiene de forma provisional y Maurizio es asignado a Sao Paulo, dejando sola a Eugenia con su bebé, sin conocer a nadie ni hablar una palabra de español en Buenos Aires. Cuando dos meses más tarde llegaron sus objetos personales a Argentina, Eugenia se marchó a Sao Paulo junto a su marido hasta que Pirelli consigue trasladar maquinaria a Argentina, lugar al que finalmente regresan y donde se asientan. Días oscuros, llenos de miedo por la familia que habían dejado atrás, de desesperación y rabia hasta saber que todos estaban a salvo en Nueva York.

Eugenia empieza a trabajar investigando sobre histología, su tesis doctoral, a pesar de que sus títulos no son reconocidos. Su encargo es que no se rompa mucho vidrio en los laboratorios: si es así, al final del año cobrará algo. Pocos años más tarde un compañero emigra a EEUU, lo que le permite ganar su primer sueldo de verdad y comenzar a estudiar el cáncer en el Instituto de Oncología Roffo junto al Dr. Brachetto Brian. Poco sospechaba en ese momento que le dedicaría tanto tiempo: solo en el año 2000 se retira de la investigación por su avanzada edad.

Ya con tres hijos, investiga en el Roffo hasta mediodía, regresa a casa a dar de mamar a su pequeño y a las 2 de la tarde el Dr. Parodi la lleva al Instituto Malbrán, en cuyo departamento de Bacteriología investiga los virus con células vivas y estudia sin cesar en el poco tiempo que tiene libre con libros que consigue aquí y allá. Inventar la virología desde cero. Soñar con la ciencia. Utilizar sus manos y su cerebro de mujer valiente para crear de una forma que sus padres jamás pudieron imaginar.

Ya al mando del departamento de Histología del Instituto Malbrán, Eugenia pronto recibe una llamada urgente: corre 1952 y Argentina sufre una epidemia de poliomielitis. Para investigar y avanzar hacia una vacuna debe utilizar tejido humano: recorre las cámaras frigoríficas buscando restos de abortos en las maternidades, los transporta con cuidado y aterrorizada de que algún policía la sorprenda en su coche con restos humanos, cultiva tejido in vitro en el Malbrán y en casi 48 horas realiza los diagnósticos. Extreman las precauciones para evitar contagios, se detienen a medianoche quemando los restos para evitar contacto accidental por otras personas durante la madrugada y se cambia cada prenda de ropa antes de volver a casa con su familia. Sin descanso, sin demora, hasta que decide enviar a sus seres queridos a Montevideo (Uruguay) por miedo a que su trabajo los contagie.

Reciben noticias de las vacunas Salk y Sabin y viaja becada por la OMS a Canadá y EEUU para estudiar su comportamiento. Incluso en ese viaje coincide con su prima Rita, a quien no ve hace 14 años y que trabaja en la Universidad de Washington como especialista en neurocirugía. Y a su regreso, apuesta por la vacuna. Sin dudar, vacuna a sus propios hijos y lo hace ella misma para demostrar su confianza en la misma, incluso antes de una decisión oficial al respecto y salvando miles de vidas con tan ejemplar acción. Pero no mucho más tarde debe abandonar el Malbrán (aún con casos de polio por curar) debido a un enfrentamiento interno en el instituto: la persona designada para gestionarlo no es del gusto de los trabajadores y una larga huelga evita que pueda seguir investigando.

Cae Perón y ella accede a la cátedra de Biología Celular de la Universidad de Buenos Aires. Ese día sus títulos son oficialmente reconocidos. Pero, de nuevo, su carrera choca de frente con la actualidad política en 1966: la Revolución Argentina llega al poder tras un golpe de estado y el nuevo gobierno del general Onganía pone en jaque la vida universitaria. La represión es violenta y muchos profesores detenidos. Eugenia renuncia a su cátedra y centra su carrera en el Roffo, donde pronto creará el departamento de Investigación Oncológica y acabará siendo investigadora emérita.

Radicales libres, estrés oxidativo en los enfermos de Alzheimer, demencia y Parkinson. El resto de su vida académica transcurre así, hasta pasados los 80 años de edad. La maldita ceguera la aleja del microscopio para siempre.

La grabadora sigue hablando. La lluvia sigue arreciando tras el cristal. Levanta su cabeza y, sin ver, observa los galardones que adornan el salón, los cientos de artículos en revistas que ahora reposan en cajas cuidadosamente guardadas, sus propias manos reposando sobre la manta de cuadros que abriga sus piernas.

En ese mundo de penumbras solo importa ya el sonido: las botas fascistas sobre los charcos de su Turín natal y las calles de Roma, el sonido de las monedas en la mano del portero para acceder a la universidad sin peligro, el silbato del barco que la alejó de su país para siempre, la risa de tantos niños que salvó con su trabajo en el Malbrán y que corren calle abajo olvidando la pesadilla de la poliomielitis. Incluso el de los aplausos, por qué no, de sus compañeros y compatriotas argentinos que agradecerán por siempre acoger bajo su bandera a una desconocida de extraño apellido que devolvió tanto (y a tantos) con su trabajo, pasión e intelecto.